Steve Jobs es el puto amo. Hay que reconocérselo. Es capaz de tener a gente varios días haciendo cola en sus tiendas sin saber exáctamente para qué sólo porque existe el rumor de que va a sacar o actualizar un producto. Y es capaz de recien sacado susodicho producto, tener ya a gente esperando ansiosa que pasen seis meses para adquirir el siguiente o la siguiente actualización en lugar de la que acaba de presentar.

Y es que este hombre lo saca todo por partes, o no se explica por qué en su Keynote de ayer, una tediosa conferencia para desarrolladores y con especial atención al nuevo iPhone 3G, sacó un revolucionario teléfono con fácilmente solventables carencias, como una camarita frontal para videollamadas (que no es que esté una todo el día de videoconferencias, pero ya puestos) y una cámara de más de 2 megapíxeles (¿2?!! que no es que una necesite píxeles pero... ya puestos también).

Que sí, que el diseño es muy bonito, muy atractivo, que tenerlo en la mano es una experiencia religiosa (eso lo corroboro), que tiene muchas otras cosas buenas, pero es que le falta lo más sencillo!

Mira que nos gusta ser borregos... (me incluyo). Pero seguro que Jobs (a.k.a. Dios para los maqueros) sabe lo que se hace.